DIARIO
Miércoles 15 de febrero de 2006:
Diario, apenas puedo escribir hoy en tus páginas, las lágrimas anegan mis ojos y apenas puedo mantener firme el pulso a causa de los sollozos. Mi pecho vibra todavía por las emociones que he vivido recientemente, hace apenas 12 horas. Necesito contárselo a alguien, expresarme y por eso trataré de relatártelo todo, si el llanto me lo permite.
Hoy me encontraba tranquilamente sentado en mi despacho, el sol entraba ya por las ventanas, pero se trataba de un sol frío, que servía más de adorno que de otra cosa. La mañana seguía un curso normal y ya había entrevistado a cinco personas, dos hombres y tres mujeres, que esperaban obtener un puesto de trabajo en la empresa. Ojeando los folios dónde se encontraban anotados los datos personales de todas las personas que tenía que recibir hoy vi, de pronto, uno que llamó poderosamente mi atención. Apenas podía creerlo. Rápidamente me levante de mi asiento, me dirigí a la puerta y abrí una pequeña ranura, lo suficientemente grande para poder observar la sala sin ser advertido. Recorrí con ansia todos los asientos. Había diez personas en la sala, pero mi mirada se detuvo sobre una joven de 23 años, 8 meses, 5 horas y 12 minutos de edad. La miré de arriba a abajo, era una joven hermosa, de cabellos castaños y ojos negros como el azabache. La redondez de su rostro y el vigor de su sonrisa perpetua le daban a su rostro una expresión casi infantil.
El corazón saltó, me dio un vuelco y mi pecho se lleno de un ingenuo orgullo. Abrí la puerta por completo y pronuncié su nombre. Ella se levantó, algo azorada, y se dirigió a su despacho. Supe de inmediato que no me había reconocido. Se sentó en la silla dónde los entrevistados responden a mis preguntas. Yo me senté tras la mesa del despacho, entrelacé las manos y fije mis ojos en los suyos; comencé mi interrogatorio como lo hacía con cualquier otro, pero no escuchaba las respuestas. Lo que sentía es tan íntimo y particular que no puedo describirlo. Mientras mi mente viajaba por el pasado me di cuenta de que la presión hacía que sus mejillas se sonrojasen ligeramente. Las lágrimas estuvieron a punto de saltar de mis ojos mientras recordaba cada sensación, cada segundo. Sentí otra vez su peso en mis brazos, el roce de sus labios en mi mejilla. Sentí como me tiraba del pelo una vez más y me pareció verla de nuevo acostada, con los ojos cerrados, igual que un ángel. Me vi a mí mismo, metido en el coche, observándola en compañía de sus amigas, o llorando porque, al caerse jugando, se había raspado una rodilla. Sin darme cuenta había formulado ya la última pregunta del cuestionario y estaba despidiéndola de mi despacho con un apretón de manos. Habían pasado ya 18 años desde que la cogí la mano por última vez, justo antes de que su madre se la llevase consigo tras nuestro divorcio. Seguía teniendo el mismo tacto que yo recordaba. Ella se dio la vuelta y se alejó del despacho. Petrificado, me quedé mirándola desde el umbral. Mi amigo y compañero de trabajo Andrés se acercó a mí y me dijo en voz baja, para que no pudiesen oírnos:
- ¿Quién es esa?
Sin dejar de mirarla y de forma casi involuntaria le contesté:
- Es la persona que más quiero en este mundo, amigo.
Con lágrimas en los ojos observé como mi hija se alejaba.
Diario, apenas puedo escribir hoy en tus páginas, las lágrimas anegan mis ojos y apenas puedo mantener firme el pulso a causa de los sollozos. Mi pecho vibra todavía por las emociones que he vivido recientemente, hace apenas 12 horas. Necesito contárselo a alguien, expresarme y por eso trataré de relatártelo todo, si el llanto me lo permite.
Hoy me encontraba tranquilamente sentado en mi despacho, el sol entraba ya por las ventanas, pero se trataba de un sol frío, que servía más de adorno que de otra cosa. La mañana seguía un curso normal y ya había entrevistado a cinco personas, dos hombres y tres mujeres, que esperaban obtener un puesto de trabajo en la empresa. Ojeando los folios dónde se encontraban anotados los datos personales de todas las personas que tenía que recibir hoy vi, de pronto, uno que llamó poderosamente mi atención. Apenas podía creerlo. Rápidamente me levante de mi asiento, me dirigí a la puerta y abrí una pequeña ranura, lo suficientemente grande para poder observar la sala sin ser advertido. Recorrí con ansia todos los asientos. Había diez personas en la sala, pero mi mirada se detuvo sobre una joven de 23 años, 8 meses, 5 horas y 12 minutos de edad. La miré de arriba a abajo, era una joven hermosa, de cabellos castaños y ojos negros como el azabache. La redondez de su rostro y el vigor de su sonrisa perpetua le daban a su rostro una expresión casi infantil.
El corazón saltó, me dio un vuelco y mi pecho se lleno de un ingenuo orgullo. Abrí la puerta por completo y pronuncié su nombre. Ella se levantó, algo azorada, y se dirigió a su despacho. Supe de inmediato que no me había reconocido. Se sentó en la silla dónde los entrevistados responden a mis preguntas. Yo me senté tras la mesa del despacho, entrelacé las manos y fije mis ojos en los suyos; comencé mi interrogatorio como lo hacía con cualquier otro, pero no escuchaba las respuestas. Lo que sentía es tan íntimo y particular que no puedo describirlo. Mientras mi mente viajaba por el pasado me di cuenta de que la presión hacía que sus mejillas se sonrojasen ligeramente. Las lágrimas estuvieron a punto de saltar de mis ojos mientras recordaba cada sensación, cada segundo. Sentí otra vez su peso en mis brazos, el roce de sus labios en mi mejilla. Sentí como me tiraba del pelo una vez más y me pareció verla de nuevo acostada, con los ojos cerrados, igual que un ángel. Me vi a mí mismo, metido en el coche, observándola en compañía de sus amigas, o llorando porque, al caerse jugando, se había raspado una rodilla. Sin darme cuenta había formulado ya la última pregunta del cuestionario y estaba despidiéndola de mi despacho con un apretón de manos. Habían pasado ya 18 años desde que la cogí la mano por última vez, justo antes de que su madre se la llevase consigo tras nuestro divorcio. Seguía teniendo el mismo tacto que yo recordaba. Ella se dio la vuelta y se alejó del despacho. Petrificado, me quedé mirándola desde el umbral. Mi amigo y compañero de trabajo Andrés se acercó a mí y me dijo en voz baja, para que no pudiesen oírnos:
- ¿Quién es esa?
Sin dejar de mirarla y de forma casi involuntaria le contesté:
- Es la persona que más quiero en este mundo, amigo.
Con lágrimas en los ojos observé como mi hija se alejaba.

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